José Antonio Nieves Conde y la censura
El pasado 14 de septiembre nos dejaba para siempre José Antonio Nieves Conde, un director de cine. Los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia, pero más como rutina de la actualidad que en forma de homenaje a un hombre importante. Y es que gran parte de los cineastas que desempeñaron el grueso de su obra durante el franquismo, han sido normalmente apartados a una especie de limbo del recuerdo: están ahí, existieron, pero su trabajo está ensombrecido por el contexto en el que lo desempeñaron. Lo que ocurre es que, ocasionalmente, en ese limbo se nos pierden cuestiones relevantes y legados trascendentes. Sirva de ejemplo este segoviano, un niño de los años diez, que siempre quiso ser director de cine. Un hombre que consiguió sus deseos y, detrás de una cámara, puso una piedra más en la construcción de la cinematografía española. Pero no era una piedra cualquiera...
Decir que Nieves Conde cambió el cine español puede considerarse una exageración. Decir que jugó un papel decisivo en la modernización de la cinematografía nacional es una firme realidad. El grueso de su obra se basó en trabajos de encargo de distintas productoras, pues él se consideraba ante todo un profesional del celuloide. Únicamente dos cintas de su filmografía realizó de propia voluntad y al margen de peticiones oficiales, y esos dos trabajos se bastan para explicar la importancia de su figura. Hablamos de Surcos (1951) y de El inquilino (1958). La segunda fue una obra controvertida por su choque frontal con la censura del momento, y la primera supone, sin duda, uno de los momentos clave de la historia del cine español. De hecho, y como ha sido consensuado por los mayores expertos en el tema, su aparición en el panorama nacional creó, junto a otra serie de hechos, un punto de inflexión en la evolución de nuestra cinematografía. La importancia de Nieves Conde es la importancia de Surcos. Probablemente sin ella, el recuerdo del director segoviano quedaría irremediablemente atrapado en ese limbo sombrío del que hablamos. Por ello, y como homenaje póstumo, merece la pena rescatarlo.

Si dibujamos una rápida panorámica de la historia del cine español, encontramos unos comienzos acordes con los primeros pasos del celuloide en el resto del mundo. Desde la pionera El misterio de la puerta del Sol (1929), el cine español fue evolucionando artísticamente al hilo del resto de cinematografías y sostenido por figuras como Florián Rey o Benito Perojo, que han pasado a los anales de nuestra filmografía. El camino era el correcto pero la Guerra Civil, como hizo con tantas cosas, truncó aquel devenir para sumir a la producción cinematográfica nacional en un retraso considerable. Aquí habría que hablar de la censura, de la falta de libertad creadora, de la crisis económica y de otra multitud de factores que consiguieron cortar el cordón umbilical que nos sostenía al resto de Europa. De esta forma el cine de propaganda primero y el de exaltación histórico-folclórica después, se convierten junto a la comedia intrascendente en el pan de cada día de la gran pantalla española.
Así llegamos a los años cincuenta. El resto de Europa comienza a reponerse del mazazo de la II Guerra Mundial gracias a corrientes artísticas como el Neorrealismo. Con él, y desde Italia, se van superando los traumas post-bélicos y se establecen nuevos modelos cinematográficos que aportan frescura y dinamismo a los cine europeos. Por supuesto la autárquica España del momento era ajena a estos movimientos y su cinematografía continuaba sumida en la negrura del primer franquismo. Pero llega el punto de inflexión, el momento clave que el especialista Carlos F. Heredero ha situado en 1951 [1]. De repente un mínimo sector de nuestra industria parece despertar e intentar conectarse con esas corrientes que están aportando vida a la cultura europea. Ese sector lo representan, en primer lugar, dos nombres que a la postre serían santo y seña de nuestro celuloide: Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga. Ese año realizan en común su primera película, Esa pareja feliz. Una obra que supone además el primer acercamiento del cine español a las técnicas del Neorrealismo, de una manera lejana pero igualmente gratificante. Pero el vuelco del cine español ese año no hubiera existido sin Surcos. La película de un falangista que revoluciona a los sectores más conservadores del gobierno. Un film extraordinariamente moderno que pone al descubierto algunas de las vergüenzas del Régimen. Una película que comienza a demostrar que cualquier acercamiento a la realidad supone un dardo envenenado contra la dictadura. Pero ¿qué tenía Surcos para producir tanto alboroto?
El film de Nieves Conde cuenta la historia de una familia del campo que, empobrecida y dentro de la dinámica social de éxodo rural a las grandes ciudades, decide trasladarse a Madrid en busca de trabajo y una nueva vida de oportunidades. Una vez allí, e instalados de alquiler en una vieja corrala, empiezan a descubrir que no es oro todo lo que reluce y la vida en la ciudad no es tan fácil ni grata como imaginaban. De esta forma fenómenos sociales como el estraperlo o la prostitución se van cruzando en la vida de unos personajes cada vez más deprimidos y corrompidos. El desenlace de la historia es el retorno de la familia, que ya no volverá a ser como antes, al campo del que salieron con tanta esperanza. Un final que Nieves Conde quiso más amargo con el último salto del tren de la hija pequeña para escapar hacia la corrosión de la gran ciudad en la que estaba atrapada, pero que la censura consideró excesivo y obligó a cambiar.
Pero la importancia de la cinta no sólo reside en la forma en la que está contada la historia, de gran calidad artística, ni en la crudeza de los temas y el realismo con el que están tratados. Sino que a todo aquello se une el enfrentamiento que su realización creó en el propio seno del gobierno franquista, pues llegó a costar la dimisión del Director General de Cinematografía, José María García Escudero. Un hombre que apostó desde el primer momento por la calidad del film y por la máxima subvención del Estado para su promoción. Pero que tuvo que enfrentarse a la encarnizada presión del sector eclesiástico de la Junta de Censura y a las presiones políticas que deseaban que esos honores recayeran en el film de Juan de Orduña Alba de América. Una obra que suponía una respuesta internacional a las, para el régimen, desacertadas imágenes que desde la filmografía inglesa, sobre todo, se había ofrecido recientemente de los españoles y el descubrimiento de América. Todo ello concluyó con la dimisión de García Escudero (primer Director General del franquismo en hacerlo) y la concesión a la obra de Orduña del Interés Cinematográfico Nacional, que suponía los máximos beneficios económicos para la cinta. Tras ello Surcos continuó siendo boicoteada por el Estado para intentar que no fuera un éxito comercial, algo que terminaron consiguiendo. Pero lo que no pudieron borrar fue el hito que marcó el film, su fuerza y el punto de referencia en el que iba a convertirse a partir de ese momento para los que buscaban la modernización de la industria nacional.
Dicho todo esto puede surgir la cuestión de cómo un cineasta a priori tan oficialista, pudiera asestar un golpe tan duro contra el Régimen. La primera respuesta es que nada más lejos de la realidad que pensar en un interés premeditado al concebir Surcos, de señalar y denunciar determinadas situaciones sociales. La única intención del director fue la de acercarse a los postulados neorrealistas e intentar ofrecer una visión objetiva de una historia verosímil. Pero iba a resultar evidente que cualquier muestra de la realidad en aquellos tiempos, suponía levantar una serie de hechos que, aunque todos sabían que estaban allí, la dictadura se preocupaba por tapar convenientemente.
La otra posible respuesta supone una cierta negación de la pregunta. Y es que Nieves Conde quizás no era tan oficialista como podría parecer. Según sus propias palabras, se hizo falangista al escuchar el discurso fundacional de José Antonio. Posteriormente y al estallar la guerra, reconoce que empezó a no compartir algunos pareceres: “discutí mucho con Ridruejo. Aquello no me gustaba, no era un golpe político, sino un complot militar y que no se podía controlar”.[2] Esas desavenencias en ocasiones llegaron a ser notables. Él frecuentaba una peña donde intercambiaba pareceres con personajes como Cossío, Gerardo Diego o Alonso Gamo. Precisamente junto a éste escribiría un artículo denunciando la muerte de García Lorca y calificándola de “crimen de derechas”. Aquello, además de tener varios amigos segovianos de la CNT, le costó quince días de arresto y casi lo expulsan de Falange. Por todo ello, y por más cuestiones ideológicas que surgirían en los años posteriores, no es raro que García Escudero hablara de él como un “falangista desilusionado” [3]. Lo que demuestra que cuando se realiza Surcos, en 1951 y en plena vigencia todavía del poder de falangista en el gobierno, Nieves Conde no fuera considerado por las altas instancias del Estado como un director del todo oficialista.

Pero cuando definitivamente empieza a ser considerado un cineasta peligroso es al realizar su segunda película propia, El inquilino (1958). Se trata de una cinta cuyo argumento gira entorno a los avatares de una pareja para encontrar piso al ser desahuciado el que vivían. Tratado desde una perspectiva más humorística que Surcos, volvía a ser un intento de acercarse a una realidad social, aunque esta vez mucho más edulcorada. De todas formas cuando el film pasó censura previa por el Ministerio de la Vivienda, éste se opuso radicalmente a su realización y exhibición, lo que abrió un enfrentamiento directo con la censura que concluyó con el estreno del film siete años después y repleto de cortes de metraje. A partir de ese momento el director segoviano toma una decisión profesional y elige un camino que muchos tomaron en aquel momento: considerarse un profesional del cine y dedicarse a realizar películas de encargo para la explotación comercial. Con esto coartaba en gran medida su capacidad creadora pero, vistos los evidentes problemas que ésta causaba en cualquier cineasta, al menos tomaba un camino que le permitía desempeñar profesionalmente su gran pasión de siempre, el cine. Y es que, desde que bien joven se marchó de Segovia a Madrid para hacer cine y, más tarde, cuando comenzó de ayudante de dirección de Rafael Gil (su gran maestro), siempre condicionó su vida a una pasión: “nunca he querido hacer otra cosa, ni aún en momentos de crisis cuando apenas teníamos dinero para seguir viviendo” [4].

José Antonio Nieves Conde nació en el barrio de San Millán de Segovia a finales de 1911. Como la mayoría de chicos de su generación tuvo una infancia feliz, con profesores como Antonio Machado, y una juventud complicada. Hizo la Guerra, fue herido en Brunete, derrotado en Teruel y vivió su conclusión en África. Tuvo grandes amigos como Manuel Machado, y otros que también fueron compañeros y maestros como Carlos Fernández Cuenca y Rafael Gil. Su primer rodaje fue junto a éste en El hombre que se quiso matar (1941), y su debut en solitario fue con Senda ignorada (1946). Dirigió dieciséis películas más y a partir de finales de los setenta fue cayendo en el olvido. Murió en Madrid el pasado septiembre a los noventa y cuatro años, pero su legado está, si buscamos, en todas las pantallas de cine.

bibliografía de referencia
CAPARRÓS LERA, José María: Historia crítica del cine español (de 1897 hasta hoy). Ariel, Barcelona, 1999.
CASTRO, Antonio: El cine español en el banquillo. Fernando Torres, Valencia, 1973.
GARCÍA ESCUDERO, José María: Vamos a hablar de cine. Salvat, Tafalla, 1971.
GUBERN, Román; FONT, Domènec: Un cine para el cadalso. Cuarenta años de censura cinematográfica en España. Euros, Barcelona, 1975
GUBERN, Román et alli: Historia del cine español. Cátedra, Madrid, 1995.
HEREDERO, Carlos F.: Las huellas del tiempo. Cine español 1951-1961. Filmoteca Generalitat Valenciana, Valencia, 1993.
LLINÁS, Francisco: José Antonio Nieves Conde. El oficio del cineasta. Semana Internacional de Cine, Valladolid, 1995.
1. Véase HEREDERO, Carlos F.: Las huellas del tiempo. Cine español 1951-1961. Filmoteca Generalitat Valenciana, Valencia, 1993.
2. LLINÁS, Francisco: José Antonio Nieves Conde. El oficio del cineasta. Semana Internacional de Cine, Valladolid, 1995, p.55.
3. Véase el prólogo del libro de LLINÁS, Francisco: Op. Cit., pp. 3-5.
4. Op, Cit. p. 53.

