Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, cuerpos que crecen, aquello que no cabe en  el mundo y carros voladores.

Enamorado


 y harto de la gente

Jose María Moreno Castro

 

morenocastro

Eva Davidova: Durmientes III, 2005

 

 

(Taxidermista
—en quiebra)

Disecar aves… siendo tan sencillo
el vuelo raso de la picaraza…

Los trofeos de caza,
tristes, llenos de polvo, en el altillo
del taller, arrumbados,
(ya nadie compra amores disecados)
no me sirven de nada.

Por no servir, no sirve ni tu amada
sombra elegante de picaza
en vuelo
sobre barbechos invernales
(¿quién compra ya recuerdos que se expanden
le sang qui brille aux lèvres qui se rendent—
como gases letales?).

Ya no queda ni hielo
ni whisky en el armario. Y en la caja
no hay monedas que paguen media taza
de café…
(Qué te importa, da igual,
—¿con quién la tomarías?—
¿quién quiere a estas alturas que le manden
les derniers dons, les doigts qui les défendent—
caricias como muestras sin valor
en frascos de cristal?).

Mejor
liquidar de una vez las mercancías
por cierre del local.

 

 

(Mozo de lavandería
—melancólico)

I

Vuela un fantasma muerto de desgana
—recién almidonado—
tímido y dulce entre tu dulce ropa
tendida…
Y blanco dormirá mañana
en fantasmales sábanas, al lado
del derrumbado puente de tu boca.

—Mínimo lienzo enamorado.

 

II

 

Nadar contra corriente
entre la ropa helada
de una tarde de invierno.

Un pez de lencería,
lívido, sobrenada
la tarde y el infierno
azul-rosa-muriente
que llueve desde el cielo.

(Ríen con alegría
cínica y descarada
medias y camisones).

Y el pez de tela, ahogado,
prendido en el anzuelo
rojo de tus pezones
agoniza en tu pecho.

 

Y sueña que, salvado,

nada en las blancas olas de tu lecho.

 

 

(Regador nocturno
—tras su jornada, al alba)

Plátano en ruinas frente a la ventana,
convento en ruinas en segundo plano,
y cielo en ruinas: nubes de verano
rotas al sol que rompe la mañana.

 

Has aparcado el camión de riego.
Has vuelto a casa con la espalda rota
de cansancio —en tu boca, gota a gota,
queda el sabor a herrumbre del espliego.

 

Miras tu cama (en ruinas a esta hora),
miras la luz (en ruinas) de tormenta,
la ruina circular de los vencejos.

 

Renuncias a dormir, porque la aurora
mancha tus sueños de color de menta
y no sabrás volver desde tan lejos.

 

 

(Psicólogo infantil
—con juguetes y coro)

[Juguetes]: Un peine, y un cuaderno, y una rana.
Peine para cerner entre la arena
penas cogidas por los pelos: ¿pena
por la coleta que te harás mañana?

 

¿O son penas de oídas? ¿En invierno
se oyen cantar las ranas del estanque
asustadas y en celo? Cuando arranques
páginas inservibles del cuaderno

 

¿serán penas lloviendo? ¿O es tu llanto
y un hada blanca te robó el pañuelo?
Asómate al balcon añil del cielo,

 

oirás a alguien decir: Te quiero tanto.
¿Páginas desechadas? ¿Desconsuelo?
[Coro]: No llores, niña, te queremos tanto.

 

 

(Pintor de autorretratos
—primer esbozo)

Embrutecido, y feo, y desamado,
y gordo, y fumador (y aún narcisista,
válgame Dios), rotoso, medio autista,
con respingos de perro apaleado…

 

Sigues con tus trabajos, malamente,
sigues por la ciudad, calle adelante,
enamorado de una voz distante,
enamorado y harto de la gente,

 

enamorado y en silencio, en bares
inmundos, que ya sólo tu frecuentas:
ya ni ves a la chica que te mira

 

(con pena —¿no tendrá propios pesares?).
Y sigues en silencio, y echas cuentas,
y sonríes, y cantas: Y es mentira.

 

 

(Actor porno
—a su partenaire)

Tus pechos agostados,
tus violados, cansados labios tensos
por demasiados besos, y tus ojos
extraviados, o quizá cerrados
—y entonces tus pestañas como flechas—,
o la espalda arqueada
y tus manos cayendo en otra espalda,
o en la almohada —o cerradas
con fuerza.
Así un día
o cualquier otro, hace tanto tiempo
o mañana, en un lecho
o un bosque…
Y ese día
tu cabello lloviendo en el amado,
lloviendo lento, dulce e incesante
—y entonces ojos turbios de amapola—,
a pesar del cansancio,
a pesar del cansancio intolerable.

 

Y también, una vez,
lloviendo sangre y lágrimas
sobre el amado rostro
desconocido: hace tanto tiempo
o mañana —mañana.

 

(Guardabosques
—medroso)

On passe sous des grands hêtres
où des chiens fantastiques
d’ombre lourde ménacent
ton bel amour…
On passe
sous des grands hêtres jaunis,
hésitants, comme on passe
sous les beaux ciels d’Enfer.

 

—Ange meurtrier du soir,
sous tes mains sombres on passe.

 

 

(Trilero)

¿Serás amor mañana,
un arcángel flotando a media altura
de voz herida y corta?

¿Belleza inconsistente
como la mosca de oro, acribillada
de luces en espiga?

¿Un resplandor en fuga
—repentino estallido de amapolas
recién anochecidas?

 

(Una madonna enronquecida y harta
abandona la fiesta.
¿Debajo de qué carta
está la bola? Apuesta, apuesta, apuesta).

 

 

(Feriante
—con mal género)

Si vendono parole trafitte
d’antico tempo, parole
di gioia, di vita, di lentezza
d’amore.
(Miti parole,
ma cupe, come i sogni malfermi
che la sera annerisce).

 

Parole iridescenti,
inutili parole contro il fermo
silenzio delle cose.

 

 

(Aprendiz de peluquero
—adolescente)

Il vento scuote à raffiche
i tuoi capelli, tremano
con sordo battere d’insetti
contro il vetro: insaziabili.

Cosí il cuore
batteva un tempo il tempo incandescente,
l’oscuro vetro delle gioia,
forsè la morte (ancora sconosciuta)

in ascolto
d’un primo umano grido,
dono d’angeli ignudi
o d’assidui diavoli
troppo stridenti nella sua fatica,

od in attesa
del buio, immane, torbido,
lungo fiume dei giorni inmacolati.

 

 

(Capataz de obra
—en subcontrata por una UTE de demoliciones)

I

Cuando la torre negra
se derrumbó, y volaron
grajos enloquecidos
por alcanzar la noche
—no una vez y otra vez,
sino siempre.

II

Y la luna en menguante
cortó nervios, tendones,
carne viva, y cantó
un sólo grillo, muerto
de amor; y no una vez
y otra vez, —sino siempre.

III

Y se arrastraron lamias
sucias de muerte, lentas
de piedad, y supimos
que habría que volver
—no una vez y otra vez,
sino siempre— a la torre
derruida y en llamas.

 

(Auditor de cuentas
—en el Artemision de Éfeso)

Lentos, pulidos, afilados,
tus senos en racimo, numerosos
¿para el amor?
¿para la adusta floración del sueño?
¿Rumorosos, heridos,
para el amor?
¿Secretos? ¿Desvelados en el sueño?
¿Para qué, para quién?
¿Generaciones
del fondo de los tiempos?
¿Germinales,
feroces, rápidos encuentros?
¿Aún te asusta el silencio?
¿En el amor? ¿Y sola?
¿Hay un jardín salvado en tu aposento?
¿El jardín de los tilos? ¿Las adelfas
entristecidas sin remedio?
¿Y ahora mismo
una lluvia de acacias?
¿Una lluvia de oro en tus cabellos?
¿Una lluvia de amor?
¿Aún te acosa el silencio?
¿Has llenado tu alcoba de un rumor
incesante de pétalos?
¿Tus pezones
ásperos, duros, erizados, rojos
como pétalos?
¿Tus pezones? ¿Abiertos?

 

Mi buen amor, navega la memoria
bajo un diluvio de secretos:
¿Y qué animales salvarás,
qué tiempo?
¿Un nido de luciérnagas
tu corazón por dentro?

 

 

(Comadrón
—hastiado, pesimista)

No habrá una madre dolorosa
presidiendo.

No habrá una madre dolorosa,
o una hermana,
o un hombre.

Como Lázaro —solo
en su oscura morada
tu nuevo nacimiento.

 

 

(Zote
—protestón)

Rencor,
torbellino magnífico, noche
de estrellas de oro.
Te acuno
contra mi pecho: eres
mi propio corazón.

 

Rencor,
estrella desplazada,
salvación mía.

 

 

(Centinela
—en su garita)

Bandera: la más alta
contra nubes. Y ahora,
corazón quieto, escuchas
tu caverna.
Y el viento,
el ancho viento, y el profundo viento,
y el voraz viento de los días
resuena sordamente.

Corazón quieto,
flameaban banderas,

volvía un tiempo de veloces nubes.

 

 

 

Diciembre, 2007 N 7

eladelantadodeindiana@gmail.com