El fotógrafo ruso
Erase una vez un espejo... Hoy he ido a conocer la casa donde desapareció. Quería ver el espejo. Empiezo a tener mala fama: La fama de un escritor al que se le suicidan los personajes. Soberbio espejo aquel. Aproximo el oído. Se escucha el giro infructuoso de una llave en una cerradura. Al otro lado ¿qué?

Susana Talayero
Amarillos, rasgados, profundos y perplejos, los ojos del fotógrafo ruso miran fijamente a los espectadores que a su vez contemplan sus fotografías. Los visitantes sienten en la nuca la presión de la mirada que les convierte en parte de la imagen que están mirando. A punto de filtrarse en un mundo extraño y remoto saltan de una fotografía a otra y acaban buscando amparo en las salas contigüas de la muestra de artistas rusos.
Siento la acometida de su mirada al observar la fotografía de un cuarto de alquiler, una habitación amplia, estudio del artista en un destartalado caserón de Moscú cuyo desorden proclama una vida miserable pero libre. Un viejo y sólido bureau, un deshilachado sillón de orejas y un camastro de tijera se estacionan en cualquier parte, como si a menudo cambiaran de ubicación. Las paredes están, es cierto, pero en el centro, en primer plano, flota el cuerpo desnudo de una muchacha con la piel transparente de un fantasma, a través del que se ven las fotos y cuadros que cuelgan.
Mi marido ha coincidido con unos amigos en la sala de al lado. Puedo escuchar el murmullo de la conversación amortiguado por una lejanía que no se corresponde con la distancia real. Parada ante la fotografía empiezo a sentir que me incrusto en el remoto estudio de Moscú. La habitación me envuelve. En el ventanal, los copos de nieve lamen cristales a través de los que se divisa un inmensa extensión reluciente y blanca. Algunas sombras obscuras atraviesan la calle. Solo las huellas de las pisadas revelan la existencia de un camino bajo la nieve que cae. A la izquierda muere el fuego de una estufa y, en un extremo de la habitación, sobre una puerta cerrada palpita en la bombilla un resplandor azafrán
Oigo un ruido. El silencio se vuelve una amenaza inconcreta. La puerta se abre y aparece. Lleva una camisa tan blanca como la nieve que se ve por el ventanal. Permanece un instante recortado en el marco, mirándome con sus ojos rasgados y amarillos. Me mira fija y persistentemente como en la sala de exposiciones. Y me muestra una fotografía aún húmeda, en la que me reconozco a miles de kilómetros de distancia, contemplando, en otra fotografía colgada de la pared, el lugar donde ahora me encuentro.
Me da a entender por señas que no entiende mi idioma. Después avanza hacia la estufa. Sus fuertes dedos manipulan la llave del tiro. El viento silba en el interior al tiempo que la fotografía se prende en el fuego que se aviva un instante y de inmediato se extingue. Entre las pavesas se entrometen un buen número de imágenes que no recordaba haber visto en la fotografía quemada: la falda desparramada sobre el desflecado sillón de orejas, las botazas abatidas en cualquier parte, la soltura de la piel entre el revuelo de las sábanas, sus hombros color cereza, las volutas de los besos, la firmeza de una cadera, los copos de nieve que caen y caen y caen tras el cristal y cenizas. Observo las cenizas. Como si en ellas se hubiera consumido la distancia que me separa del lugar de donde vengo.
